Una vez alguien me dijo que no me arrepienta de nada, que todo pasa por una razón. Pero, ¿qué pasa si lo único que me lleva a no arrepentirme, es esa frase?
Me arrepiento de no haberme movido hacia adelante, me arrepiento de haber sido ingenua y no ver lo que tenía ante mis ojos. Me arrepiento de no haberme dado cuenta que no era un camino más, sino que era el camino. Ese que había esperado hace tanto, que había anhelado durante meses. Estaba ahí, a un paso de volverse realidad y el único paso que dí, fue en reversa. ¿Por qué? ¿Por qué instintivamente tuve que alejarme? Era una conexión corta, de dos pasos de distancia. Y a mi se me ocurrió distraerme con la hora. Todo llegaba al mismo punto, y no supe darme cuenta. Los pasos, los acercamientos, los silencios, todo indicaba un solo final. Pero tuve que olvidarme del final feliz y apostarle al final común y corriente, el que no provoca expectativa de aquel que lo mira.
Y así fue, los minutos y las horas pasaron, nuestros cuerpos dejaron huellas por donde caminamos pero desgraciadamente no dejamos huellas en el cuerpo del otro.
Ese final tan esperado e inesperado al mismo tiempo, fue el que se dictó sin poder volver atrás. ¿Y como no escuché las palabras sabias del desconocido? Atinó al destino y acertó, predijo lo que yo no podía ver. Estaba ciega por la desilusión.
Esa esquina sostiene mis mayores recuerdos y anhelos, mis fantasías y mis sueños. ¿Y que podría haber pasado? Tanto.Hoy sería todo color de rosa, sería feliz, sería quien quiero ser y por sobre todas las cosas sería feliz con él.